(Originalmente titulado "Billetes Perdidos" - Por Jaime Bayly, Perú 21)
Es otoño en Buenos Aires.
Grabo unas entrevistas para un canal de televisión.
Me pagan en efectivo.
Como no confío en los bancos, decido esconder el dinero en casa.
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A pesar de que no hace tanto frío, sigo usando cuatro pares de medias. No son medias comunes, son medias polares, de alta resistencia al frío. Tengo muchas medias, entre nuevas y usadas, desperdigadas en la habitación. Meto los billetes dentro de una media polar y la arrojo de vuelta al piso. Pienso: un ladrón no buscaría nunca dentro de una media. Pienso: sin duda soy una persona astuta. Luego sigo con mi vida y me olvido del asunto. Con los días, la cantidad de ropa sucia resulta excesiva. Todas las medias están usadas, tiradas en el piso. Debo lavarlas. No tengo lavadora en casa. Podría comprarla, pero la pereza me derrota. Si no consigo reunir energías para ir al supermercado (por suerte unos chinos encantadores me traen las cosas en bicicleta), menos podría ir a comprar una lavadora. Si algún día los chinos deciden traerme una lavadora en bicicleta, pagaré lo que me pidan. Mientras tanto, llevo la ropa a un lavadero cercano, el lavadero artesanal El Alquimista.
El tipo del lavadero es gordo y hablantín, y no oculta su gordura, pues lleva una musculosa blanca, ni su locuacidad, pues, apenas me dejo ver en su local, ya está contándome su vida. Lo que más le gusta contarme es el tiempo en que vivió en Italia. Se arrepiente de haber regresado a la Argentina. Dice que allá podía vivir bien, viajar de vez en cuando, levantarse minas. Acá está podrido, no le alcanza la plata para nada. Le dejo el bolso colorado con la ropa sucia y espero a que me diga cuánto le debo. El tipo carga el bolso, lo pesa mentalmente y calcula de un modo irrebatible que son dos medidas, o sea, doce pesos. Luego deja el bolso y sigue contándome que algún día volverá a Italia y que está podrido del trabajo. Más tarde, en la casa, mirando algún programa de televisión en el que sólo se habla de fútbol, pensando que quiero ver el mundial acá en Buenos Aires (porque siempre me sentí un argentino más, incluso cuando estaba en el colegio y los demás cantaban el himno peruano, yo prefería tararear el argentino), recuerdo, angustiado, que dejé la plata escondida en una media. Salto de la cama y reviso el cuarto, pero no encuentro la media. Desesperado, revuelvo todo; es en vano, no consigo dar con ella. Es obvio que la he dejado en el lavadero con la ropa sucia. Salgo agitado y camino a toda prisa. Pienso: no soy tan astuto, en realidad soy un imbécil. El tipo del lavadero se sorprende al verme. Todavía no está lo tuyo, recién se está secando, me dice. Le pregunto si no encontró un fajo de dólares dentro de una media. Rascándose un brazo peludo, me dice que no. Los dólares están dentro de una media, le digo, ¿podemos parar la secadora y mirar? Me pregunta si es mucha plata. Le digo el monto. Se lleva las manos a la cabeza. Una fortuna, dice, mientras detiene la secadora. Con esa plata me vuelvo a Italia. El tipo abre la secadora y va sacando la ropa húmeda. Me pasa una media tras otra. Yo meto la mano dentro de cada media mojada y compruebo que el dinero no está. Cuando me da la última media, ya sé, porque la veo lánguida, que no encontraré el dinero allí. No hay más, me dice. Luego hunde la cabeza dentro de la secadora y busca alguna media extraviada, pero no hay más. Fijate en el bolso, me sugiere. Abro el maletín colorado, paso mi mano por dentro, pero tampoco hay nada. El tipo me mira apenado y yo lo miro de vuelta, pensando que él se robó la plata para volver a Italia. Si me la robó, lo merezco por tonto, él sabrá usarla mejor, pienso. No importa, le digo. Ya aparecerá. Y si no aparece, alguien sabrá gastarla mejor que yo. Sin preguntarme por qué se me ocurrió meter tanto dinero en una media usada, me dice que no me dé por vencido, que siga buscando. Al salir, le digo: Si la encuentras de milagro, te dejo la mitad. Pero él me dice: Estás loco, no te acepto nada, pero acá seguro que no está. Camino abatido. Sabía que podía ser un tonto y ésta es la confirmación definitiva. Me duelen los pies. Las muchas medias que llevo puestas me ajustan tanto que una de las uñas se ha encarnado, provocándome una herida. Me detengo en un salón de belleza y pregunto si pueden hacerme una pedicure. Me atienden enseguida. La chica se llama Rosa. Mientras calienta el agua y ordena sus utensilios, me quito los zapatos de rebaja que compré en Washington cuando era profesor (que son tres tallas más grandes que la mía, porque sólo así puedo calzarlos con los pies tan recubiertos) y, con dificultad, me despojo de las medias polares que me ajustan tanto. Entonces, ante los ojos asombrados de Rosita, me saco una media más y caen todos los dólares perdidos y recuerdo que en algún momento de la madrugada desperté con pesadillas, los pies helados, y caminé aturdido por la habitación y recogí del piso un par de medias sucias y me las puse y luego seguí durmiendo. Y Rosita se ríe cuando le cuento todo, no lo puede creer, me dice que estoy loco, y yo cierro los ojos, ella masajeándome los pies, y pienso: Soy un idiota, pero tengo suerte. Después paso por el lavadero y le doy la buena noticia al tipo gordo y hablantín y él se alegra y yo le regalo un billete, quizá para expiar la culpa de haberlo creído un ladrón, y entonces él me dice que ya le falta poco para comprarse un televisor en el que verá el mundial, y yo le pregunto cuánto le falta, y él me lo dice sin timidez, y como no es mucho, le paso dos billetes más, porque siento que esos billetes me los ha regalado alguien y no me pertenecen del todo, y él se alegra tanto que me abraza, confundiéndome con sus olores recios, y me dice que tenemos que ver juntos el debut de Argentina ante Costa de Marfil en su televisor nuevo, acá en el lavadero. Así será, le digo, y no estoy mintiendo.

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