
El Cuarto Creciente
Off voice: "Quiero que mi cuarto efectivamente crezca, pero no de lujos, sino de los trastes y cachibaches que estaban guardados, que sean pulidos, que valgan más que tú los hagas valer más"
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Un tipo hombre de poca remuneración, un peón más de los trabajadores que se encuentran encasillados en cabinas, dentro de alguna corporación, que tenía bastante contextura, parecia mariscal de fútbol americano o de rugby (les recomiendo que indagen al respecto), no sentía que su oficina fuese un santuario, ni siquiera, por más recondito o privado que fuese, no podía tener su toque personal. Era un espacio donde no era uno el que invadía, sino era uno el invadido. Además de esa sensación de vacío que no dejaba de interferir en su cabeza y emanaba algún tipo de quistes que no permitían que su trabajo fuera impecable, el tener que soportar día a día el griterío de su jefe, la invasión de sus colegas, podían lograr que se sienta como despojo humano, o hacerlo puré, o tenerlo a su merced.
Hubo un momento en que vio sus manos grandes, apenas maltratadas por tanto tipear en máquinas de quinta, de tamaño gorilesco que le decían que no era ése su lugar. Parecía un gigante en medio de tantos enclenques, un gigante que no era estúpido. Sin embargo todo se mantenía igual, sin cambios y/o fundamentos hasta que una oportunidad de escapar toco a su escritorio. Ése no era su cuarto. Ésa nio era su casa. Se le ofreció una oportunidad de crecer de manera distinta; un peón seguiría siendo un peón si se mantenía o se forzaba por tener su mente de peón. Y lo planeó todo sigilosamente, hasta que al fin se largó de la oficina. Botó sus papeles y se despidió del jefe, a pesar de tener un vacío muy pequeño, el temor de enfrentar algo nuevo.
Pero se mantenía firme porque iba a algo seguro. Se mantendría constante en buscar que su cuarto de su mente y de su alma siempre sea creciente. Y siendo un cuarto creciente, no va a dejar que la luna mengue y se vuelva pedazos.
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Un tipo hombre de poca remuneración, un peón más de los trabajadores que se encuentran encasillados en cabinas, dentro de alguna corporación, que tenía bastante contextura, parecia mariscal de fútbol americano o de rugby (les recomiendo que indagen al respecto), no sentía que su oficina fuese un santuario, ni siquiera, por más recondito o privado que fuese, no podía tener su toque personal. Era un espacio donde no era uno el que invadía, sino era uno el invadido. Además de esa sensación de vacío que no dejaba de interferir en su cabeza y emanaba algún tipo de quistes que no permitían que su trabajo fuera impecable, el tener que soportar día a día el griterío de su jefe, la invasión de sus colegas, podían lograr que se sienta como despojo humano, o hacerlo puré, o tenerlo a su merced.
Hubo un momento en que vio sus manos grandes, apenas maltratadas por tanto tipear en máquinas de quinta, de tamaño gorilesco que le decían que no era ése su lugar. Parecía un gigante en medio de tantos enclenques, un gigante que no era estúpido. Sin embargo todo se mantenía igual, sin cambios y/o fundamentos hasta que una oportunidad de escapar toco a su escritorio. Ése no era su cuarto. Ésa nio era su casa. Se le ofreció una oportunidad de crecer de manera distinta; un peón seguiría siendo un peón si se mantenía o se forzaba por tener su mente de peón. Y lo planeó todo sigilosamente, hasta que al fin se largó de la oficina. Botó sus papeles y se despidió del jefe, a pesar de tener un vacío muy pequeño, el temor de enfrentar algo nuevo.
Pero se mantenía firme porque iba a algo seguro. Se mantendría constante en buscar que su cuarto de su mente y de su alma siempre sea creciente. Y siendo un cuarto creciente, no va a dejar que la luna mengue y se vuelva pedazos.

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